Ésa ilusión en el futuro y el fervor de su constante sueño de libertad le permitieron superar cualquier depresión. Pero la oficina de la condicional era ese futuro. Era la cruda realidad de haber salido, una realidad sórdida, masificada, inhumana. Olía a desesperación e ilusiones perdidas, a ausencia de futuro. La mayoría de los que la rodeaban no lo conseguirían. Uno a uno irían volviendo de nuevo a la cárcel.

Era un hecho de la vida que habían elegido. Pocos lo conseguían, pocos salían con vida. Y para Cassie, que se había prometido a sí misma que sería una de las elegidas, la zambullida mensual en este mundo siempre la deprimía profundamente.

A las diez en punto del martes por la mañana, ya había sellado y se acercaba al final de la cola del pipí. Llevaba en la mano el recipiente de plástico sobre el que debería acuclillarse y llenar de orina mientras una oficial novata, apodada la bruja por la naturaleza de su misión de vigilancia, observaba para asegurarse de que era su propia orina lo que caía en el recipiente.

Cassie no miraba a nadie ni hablaba con nadie durante la espera. Cuando la fila se movía y la empujaban, ella se limitaba a dejarse arrastrar por la corriente. Pensaba en el tiempo pasado en High Desert, en cómo podía callarse cuando lo necesitaba y conducir aquella nave de regreso a la Tierra en piloto automático. Era la única manera de sobrevivir en la cárcel. Y también en aquella oficina.


Cassie se metió en el cubículo que su agente de la condicional, Thelma Kibble, llamaba despacho. Respiraba con menos dificultad, porque se aproximaba al final. Kibble era la última parada de la jornada.



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