
– Aquí está ella… -dijo Kibble-. ¿Cómo te va ahí fuera, Cassie Black?
– Bien, Thelma. ¿Y tú qué tal?
Kibble era una negra obesa, cuya edad Cassie nunca había tratado de determinar. Su amplio rostro siempre mostraba una expresión agradable, y a Cassie le caía bien a pesar de las circunstancias. Kibble no era fácil, pero era legal. Cassie sabía que había tenido suerte de ser asignada a Kibble desde Nevada.
– No me puedo quejar -dijo Kibble-. No me puedo quejar en absoluto.
Cassie se sentó en la silla que había junto al escritorio, el cual estaba lleno de pilas de expedientes, algunos de ellos de dos dedos de grosor. En el lado izquierdo del escritorio había un archivador vertical con una etiqueta que ponía DAP y que siempre atraía la atención de Cassie. DAP significaba «devuelto a prisión» y los archivos allí guardados correspondían a los perdedores, los que volvían. El archivador vertical siempre parecía lleno y su presencia constituía un elemento disuasorio tan poderoso como cualquier otro del proceso de la condicional.
Kibble tenía delante el expediente de Cassie y estaba cumplimentando el informe mensual. Este breve cara a cara antes de que Kibble abordara las preguntas del cuestionario formaba parte del ritual.
– ¿Qué te has hecho en el pelo? -preguntó Kibble sin levantar la mirada de los papeles.
– Me apetecía un cambio y me lo corté.
– ¿Un cambio? Acaso estás tan aburrida que tienes que hacer cambios de repente.
– No, es sólo que…
Se encogió de hombros con la esperanza de cambiar de tema. Debería haber sabido que la palabra cambio pondría en alerta a una agente de la condicional.
