
Kibble giró levemente la muñeca para consultar su reloj. Era hora de seguir.
– ¿Va a haber algún problema con el pipí?
– No.
– Bien, ¿hay algo de lo que quieras hablar?
– No.
– ¿Cómo va el trabajo?
– Es un trabajo, supongo que va como van los trabajos.
Kibble enarcó las cejas y Cassie lamentó no haber seguido con los monosílabos. Había hecho saltar la segunda alarma.
– Te dedicas a conducir unos coches impresionantes -dijo Kibble-. La mayoría de los que entran aquí los lavan y no se quejan.
– Yo no me estoy quejando.
– ¿Entonces qué?
– Entonces nada. Sí, conduzco coches de lujo, pero no son míos. Los vendo. No es lo mismo.
Kibble levantó la mirada del expediente y se fijó un momento en Cassie. De las filas de cubículos surgía una algarabía de voces.
– Muy bien, ¿qué te preocupa, niña? No tengo tiempo para tonterías. Tengo mis casos difíciles y mis casos sencillos y me voy a cabrear si tengo que pasarte a los CE. No tengo tiempo para eso.
Kibble agarró una pila de gruesas carpetas para recalcar sus palabras.
Cassie sabía que CE significaba «control estricto». Ella estaba en observación mínima. Pasar a CE suponía más visitas a la oficina de la condicional, controles telefónicos diarios y más visitas de Kibble a su casa. La condicional se convertiría en una extensión de su móvil y Cassie sabía que no podría soportarlo. Se apresuró a levantar las manos para pedir calma.
