– Lo siento, lo siento. No pasa nada, ¿vale? Es sólo que tengo… Estoy pasando una mala racha, ¿sabes?

– No, no lo sé. De qué racha estás hablando. Cuéntame.

– No puedo. No sé expresarlo con palabras. Siento que…, que cada día es como el anterior. No hay futuro porque todo es lo mismo.

– Oye, recuerda lo que te dije la primera vez que entraste aquí. Te dije que ocurriría esto. La repetición alimenta la rutina, y la rutina es aburrida pero te evita pensar y te mantiene alejada de los problemas. No quieres tener problemas, ¿verdad?

– Claro que no, Thelma. Pero es como si hubiera salido de la cárcel, pero siguiera en la cárcel. No es…

– ¿No es qué?

– No lo sé. No es justo.

En uno de los cubículos, un convicto perdió los estribos y empezó a protestar en voz alta. Kibble se levantó para mirar por encima de las mamparas. Cassie no se movió, no le importaba porque sabía de qué se trataba: alguien iba a ir al calabozo mientras se decidía la revocación de su condicional. Cada día pasaba una o dos veces. Nadie se resignaba pacíficamente. Cassie había dejado de mirar esas escenas tiempo atrás, porque en ese lugar no podía preocuparse de nadie que no fuera ella misma.

Kibble no tardó en sentarse y centrar de nuevo su atención en Cassie, quien tenía la esperanza de que la interrupción hubiera logrado que la agente de la condicional olvidara de qué estaban hablando.

No tuvo esa suerte.

– ¿Has visto eso? -preguntó Kibble.

– Lo he oído. Con eso basta.

– Eso espero, porque a la mínima que la cagues podrías ser tú. Lo entiendes, ¿verdad?

– Perfectamente, Thelma. Sé lo que ocurre.



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