– Bien, porque no se trata de ser justo, por usar tus palabras. La justicia no tiene nada que ver aquí. Estás bajo el peso de la ley, encanto, y estás controlada. Me estás asustando, niña, y deberías asustarte a ti misma. Sólo llevas diez meses de una condicional de dos años, y no es buena señal que te pongas ansiosa a los diez meses.

– Lo sé, lo siento.

– Joder, hay gente aquí con condicionales de cuatro, cinco y seis años. Algunos incluso más largas.

Cassie asintió.

– Ya sé, ya sé, tengo suerte. Lo que pasa es que no puedo dejar de pensar en cosas, ¿sabes?

– No, no lo sé.

Kibble plegó sus gruesos brazos ante el pecho y se recostó en la silla. Cassie temió que ésta no aguantara el peso, pero era resistente. La agente la miró con severidad. Cassie sabía que había cometido un error al tratar de sincerarse con ella. En efecto, estaba invitando a Kibble a meterse en su vida más todavía, pero decidió que, ya que se había pasado de la raya, ya no importaba seguir hasta el final.

– Thelma, ¿puedo preguntarte algo?

– Para eso estoy aquí.

– ¿Sabes si hay algún…, algún tratado internacional o acuerdos para transferencias de condicionales?

Kibble cerró los ojos.

– ¿De qué coño estás hablando?

– De si podría vivir en Londres o en París.

Kibble abrió los ojos, negó con la cabeza y la miró estupefacta. Volcó el peso hacia adelante y la silla cayó ruidosamente.

– ¿Tiene esto aspecto de agencia de viajes? Eres una convicta, niña. ¿Lo entiendes? No puedes decidir que no te gusta estar aquí y decir: «Bueno, ahora probaré París». ¿Estás escuchando lo que dices? Esto no es un Club Méditerranée.



25 из 357