– Ah, sí-dijo-. Me lo acabo de comprar, pero tiene un año.

– Es muy bonito.

El Boxster tenía un aspecto prístino por fuera, pero en realidad había sido recuperado por el concesionario por falta de pago. Ya había superado los cincuenta mil kilómetros, entraba agua por el techo descapotable y los cedés saltaban en el equipo a la primera que el conductor pillaba el menor bache de la carretera. El jefe de Cassie, Ray Morales, le dejaba usarlo hasta final de mes, mientras vencía el plazo que había dado al propietario para que cancelase la deuda, antes de ponerlo en venta definitivamente. Cassie suponía que nunca verían ni un centavo del tipo. Era un aprovechado de tomo y lomo. Ella había leído en el expediente que el comprador se había retrasado en el pago de las seis primeras cuotas y luego se había saltado las seis siguientes. Ray había cometido el error de financiarle él mismo el coche después de que el individuo no obtuviera un préstamo. Eso ya era un claro indicio. Sin embargo, el tipo había convencido a Ray para que le financiara y le diera las llaves. Luego Ray se había sentido tan molesto por haberse dejado engañar que salió personalmente con la grúa cuando localizaron el Boxster en la puerta de la casa del aprovechado, en la colina que daba a Sunset Plaza.

La mujer de la inmobiliaria fue a buscar un maletín a su coche y acompañó a Cassie por el sendero de piedra que conducía al porche.

– ¿Están en casa los propietarios? -preguntó Cassie.

– No, es mejor que no haya nadie, así la gente mira lo que quiere y dice lo que le parece sin que nadie se sienta ofendido. Ya sabe que sobre gustos no hay nada escrito. Una persona piensa que algo es precioso y a otra le parece espantoso.



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