
La casa estaba muy bien cuidada, y Cassie se preguntó hasta qué punto se debía al hecho de que iba a ser mostrada a potenciales compradores. Entró en una salita y luego subió la escalera que conducía al piso superior, ocupado por los dos dormitorios y el baño. Se adentró en la habitación de matrimonio y echó un vistazo. El cuarto tenía una ventana en saliente con vistas a la escarpada colina de la parte de atrás de la casa. LeValley habló desde abajo, creyendo adivinar lo que Cassie miraba y pensaba.
– No tema por los corrimientos de tierra. La colina es de granito de extrusión. Probablemente está ahí desde hace diez mil años y, créame, no se va a ir a ninguna parte. Aunque si de verdad le interesa la casa, le sugiero que pida un informe geológico. Si compra le ayudará a dormir mejor por la noche.
– Buena idea -gritó Cassie.
Cassie ya había visto bastante. Salió de la habitación y cruzó el pasillo hasta el dormitorio de la niña. También estaba ordenado, pero lleno de animales de peluche, muñecas Barbie y otros juguetes. En una esquina había un caballete de pintor con un dibujo hecho con lápices de colores de un autobús escolar con muchas figuras de palotes pegadas a las ventanillas. El autobús se había detenido junto a un edificio donde un camión rojo estaba estacionado en el garaje: un parque de bomberos. La niña dibujaba bien.
Cassie salió al pasillo para asegurarse de que LeVa-lley aún no había subido y se acercó al caballete. Hojeó algunos dibujos anteriores. Uno de ellos mostraba una casa con un gran jardín delantero. Había un letrero de «En venta» al frente y, junto a él, la figura de palotes de una niña. Un bocadillo que salía de los labios de la niña decía: «¡Búa!». Cassie examinó un buen rato el dibujo antes de dejarlo y mirar el resto de la habitación.
En la pared de la izquierda había un cartel enmarcado de la película La sirenita y unas letras grandes de madera, cada una pintada de un color diferente del arco iris, que formaban el nombre de la niña: «Jodie Shaw».
