
– La han movido de sitio -dijo, transcurridos unos momentos, al observar el rastro de las manchas hasta el borde del camisón y tan sólo huellas de sangre en las sábanas debajo del cuerpo donde habría debido haber un charco abundante-. ¿La ha movido usted?
– No -respondió Faverell, corroborando la respuesta con un movimiento de la cabeza-. Lo único que he hecho ha sido descorrer las cortinas. -Echó un vistazo al suelo cubierto con una alfombra de rosas rojas-. ¡Allí! -exclamó indicando el sitio con el dedo-. Eso podría ser sangre, y en aquella butaca hay un desgarrón. Supongo que, la pobre, se ha defendido.
Monk miró a su alrededor. Había varios objetos de tocador que parecían estar fuera de sitio, si bien habría sido difícil saber cuál era su disposición original. Descubrió, sin embargo, un platito de cristal tallado hecho añicos y pétalos secos de rosa esparcidos sobre la alfombra debajo del mismo. No había reparado en ellos hasta aquel momento debido al dibujo floral de la alfombra.
Evan se acercó a la ventana.
– El pestillo no está corrido -dijo, moviendo el batiente para comprobarlo.
– He cerrado yo -intervino el médico-. Cuando he llegado estaba abierta y en la habitación hacía mucho frío. Ya lo he tenido en cuenta para el rigor, no hace falta que me lo pregunte. La camarera me ha dicho que ha encontrado abierta la ventana por la mañana cuando ha entrado con la bandeja del desayuno para la señora Haslett, y me ha dicho que normalmente no dormía con la ventana así. También se lo he preguntado.
