
– Gracias -dijo Monk secamente.
Evan levantó la ventana para abrirla completamente y miró al exterior.
– Mire, señor Monk, aquí hay una especie de enredadera y está rota en varios sitios, como si alguien se hubiera afianzado en ella. Hay tallos machacados y hojas desprendidas. -Se asomó un poco más-. En la pared hay una buena cornisa hasta el bajante de la tubería. Un hombre un poco ágil no tendría mucha dificultad en encaramarse por él.
Monk se le acercó para asomarse también.
– ¿Por qué no se ha metido en la habitación de al lado? -pensó en voz alta-. Está más cerca de la tubería, es más fácil acceder a ella y habría tenido menos posibilidades de que le descubrieran.
– Quizá sea la habitación de un hombre -apuntó Evan-. No suele haber joyas… o pocas. Unos pocos cepillos con dorso de plata y algunos gemelos no se pueden comparar con el joyero de una mujer.
A Monk le contrarió no haberlo pensado. Volvió a meter la cabeza dentro y se dirigió al médico.
– ¿Alguna cosa más?
– Nada más, señor Monk. -Parecía impresionado e incómodo-. Le haré un informe escrito, si quiere, pero ahora tengo pacientes vivos que me necesitan. Tengo que irme. Buenos días.
– Buenos días. -Monk lo acompañó hasta la puerta que daba al rellano-. Evan, vaya a ver a la camarera que la ha encontrado y envíeme a la doncella de la señora para que examine la habitación y vea si falta alguna cosa, especialmente joyas. Después probaremos con los prestamistas y los peristas. Yo voy a hablar con alguna persona de la familia que duerma en este piso. La habitación de al lado resultó ser la de Cyprian Moidore, hermano mayor de la víctima. Monk habló con él en la sala de día. Era una habitación muy recargada de muebles, pero muy confortable en cuanto a temperatura; seguramente las sirvientas de la planta baja habían limpiado las cenizas de las chimeneas, barrido y sacudido las alfombras y encendido las chimeneas antes de las ocho menos cuarto, mientras las criadas del piso superior procedían a despertar a la familia.
