
– Me llamo Monk -le replicó Monk- y éste es el sargento Evan. ¿Puede facilitarnos alguna información?
Evan cerró la puerta tras ellos y se acercó más a la cama; tenía el rostro contraído por una mueca de dolor.
– Ha muerto durante la noche -replicó Faverell, sombrío-. A juzgar por la rigidez del cuerpo, yo diría que la muerte debió de ocurrir hará unas siete horas. -Se sacó el reloj del bolsillo-. Ahora son las nueve y diez, lo que quiere decir que, como máximo, debe de haber muerto a las tres de la madrugada. Una sola herida profunda, muy profunda, y de corte irregular. La pobre ha debido de perder la conciencia casi inmediatamente y seguramente ha muerto dos o tres minutos después.
– ¿Es usted el médico de la familia? -preguntó Monk.
– No, pero vivo en la esquina de Harley Street y el policía sabía mi dirección.
Monk se acercó un poco más a la cama y Faverell se hizo a un lado para dejarle sitio. El inspector se inclinó sobre el cadáver para examinarlo. La cara de la mujer tenía una expresión de ligera sorpresa, como si la realidad de la muerte la hubiera cogido desprevenida; pese a la palidez, todavía se apreciaban en ella signos de belleza. Los huesos de la frente y de los pómulos eran anchos, grandes las cuencas de los ojos, delicadamente delimitadas por las cejas, gruesos los labios. Sí, ese rostro evidenciaba una profunda emoción, una suave feminidad, y pertenecía a una mujer que seguramente a él le habría gustado. Por espacio de un momento la curva de aquellos labios le trajo el recuerdo de otra persona, aunque le habría sido imposible decir de quién.
La mirada de Monk descendió al cuerpo y, bajo la tela rasgada del camisón, descubrió arañazos y manchas de sangre en la garganta y en los hombros. La seda también estaba rasgada desde el dobladillo hasta la ingle aunque, movido quizá por un impulso de decencia, alguien había doblado la tela por encima del cuerpo.
