Cyprian Moidore se parecía a su padre en cuanto a constitución y gesto: la misma nariz corta y fuerte, la misma boca ancha con una movilidad extraordinaria que en un hombre más débil se convertiría en relajamiento; pero sus ojos eran más dulces y su cabello todavía se conservaba oscuro.

Estaba profundamente afectado.

– Buenos días, señor -dijo Monk entrando en la habitación y cerrando la puerta.

Cyprian no respondió.

– ¿Puedo hacerle una pregunta? ¿Ocupa usted la habitación situada al lado de la habitación de la señora Haslett?

– Sí -dijo Cyprian mirándolo directamente a los ojos, una mirada sin agresividad ninguna, sólo afectada por el golpe.

– ¿A qué hora se acuesta, señor Moidore?

– Alrededor de las once o poco más tarde -dijo con gesto de disgusto-. No oí absolutamente nada, si es lo que va a preguntarme.

– ¿Pasó usted toda la noche en su cuarto? -Monk procuró formular la pregunta de manera que no resultase ofensiva, pero era imposible.

Cyprian sonrió levemente.

– Anoche sí. Mi esposa duerme en la habitación contigua a la mía, la primera que se encuentra al subir la escalera. -Se metió las manos en los bolsillos-. La habitación de mi hijo es la de enfrente y la de mis hijas la que sigue a continuación. De todos modos, creía que había quedado claro que quien entró en el cuarto de Octavia lo hizo por la ventana.

– Es lo más probable, señor -admitió Monk-, pero es posible que intentaran entrar en otras habitaciones, como también es posible que entraran por otro sitio y salieran por la ventana. Lo único que sabemos es que la enredadera está rota. ¿La señora Haslett era de sueño ligero?

– No… -respondió sin ningún titubeo, pero seguidamente la duda asomó a su rostro.



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