
Monk se tragó la respuesta que instintivamente iba a darle.
– Mi intención era determinar la hora en que ha ocurrido el hecho -prosiguió Monk con voz monocorde-. Sería un dato útil cuando tuviéramos que interrogar al policía que estuviera de ronda o a cualquiera que se encontrara en las inmediaciones a esa hora. Y por supuesto, podría ser útil cuando detuviésemos a alguien y pudiese demostrar que en ese momento estaba en otro sitio.
– Si estaba en otro sitio querría decir que no es la persona que buscamos… digo yo -le espetó Cyprian con aspereza.
– Si no supiéramos la hora, a lo mejor nos figurábamos que sí lo era -saltó Monk inmediatamente-. ¡No querrá que colguemos a un inocente! ¡Vamos, digo yo!
Cyprian no se molestó en contestar.
Las tres mujeres cuyo parentesco con la muerta era más próximo esperaban a Monk en el salón, todas junto al fuego: lady Moidore, con la espalda muy erguida y el rostro lívido, sentada en el sofá; su hija superviviente, Araminta, en uno de los grandes sillones a su derecha, ojerosa como si llevase varias noches sin dormir, y su nuera, Romola, de pie detrás de ella, con el horror y la confusión pintados en el rostro.
– Buenos días, señora -dijo Monk haciendo una inclinación de cabeza en dirección a lady Moidore y saludando después a las otras dos mujeres.
Ninguna correspondió a su saludo. Tal vez no estimaban necesario andarse con aquellas sutilezas dadas las circunstancias.
