Se sacó las manos de los bolsillos-. Bueno, eso creo. ¿Qué más da ahora? ¿No le parece que todo este interrogatorio es una pérdida de tiempo? -Se acercó un paso al fuego-. Está claro que alguien ha entrado en su cuarto, que ella lo ha descubierto y que, en lugar de huir corriendo, el miserable la ha apuñalado vilmente. -Su rostro se ensombreció-. ¡Valdría más que saliera a buscarlo por ahí en lugar de dedicarse a hacer preguntas impertinentes! Además, a lo mejor estaba despierta. Las personas a veces se despiertan durante la noche.

Monk se tragó la respuesta que instintivamente iba a darle.

– Mi intención era determinar la hora en que ha ocurrido el hecho -prosiguió Monk con voz monocorde-. Sería un dato útil cuando tuviéramos que interrogar al policía que estuviera de ronda o a cualquiera que se encontrara en las inmediaciones a esa hora. Y por supuesto, podría ser útil cuando detuviésemos a alguien y pudiese demostrar que en ese momento estaba en otro sitio.

– Si estaba en otro sitio querría decir que no es la persona que buscamos… digo yo -le espetó Cyprian con aspereza.

– Si no supiéramos la hora, a lo mejor nos figurábamos que sí lo era -saltó Monk inmediatamente-. ¡No querrá que colguemos a un inocente! ¡Vamos, digo yo!

Cyprian no se molestó en contestar.


Las tres mujeres cuyo parentesco con la muerta era más próximo esperaban a Monk en el salón, todas junto al fuego: lady Moidore, con la espalda muy erguida y el rostro lívido, sentada en el sofá; su hija superviviente, Araminta, en uno de los grandes sillones a su derecha, ojerosa como si llevase varias noches sin dormir, y su nuera, Romola, de pie detrás de ella, con el horror y la confusión pintados en el rostro.

– Buenos días, señora -dijo Monk haciendo una inclinación de cabeza en dirección a lady Moidore y saludando después a las otras dos mujeres.

Ninguna correspondió a su saludo. Tal vez no estimaban necesario andarse con aquellas sutilezas dadas las circunstancias.



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