
– Siento en el alma tener que molestarlas en un momento tan trágico -dijo articulando las palabras con dificultad. Detestaba tener que dar el pésame a personas que acababan de sufrir una pérdida tan lamentable. Era un extraño que se introducía en su casa y lo único que podía ofrecerles eran palabras rimbombantes y convencionales. De todos modos, no decir nada habría sido una imperdonable grosería-. Quisiera testimoniarle mi más sentido pésame, señora.
Lady Moidore movió apenas la cabeza a manera de reconocimiento a sus palabras, aunque no dijo ni media palabra.
Monk identificó a cada una de las otras dos mujeres gracias a que una tenía en común con su madre sus hermosos cabellos, de una tonalidad rojiza encendida que, en la media luz de aquella estancia, destacaba casi con igual vitalidad que las llamas de la chimenea. La esposa de Cyprian, en cambio, era mucho más morena, tenía los ojos castaños y el cabello casi negro. Monk se volvió hacia la madre.
– ¿Señora Moidore?
– ¿Sí? -Lo miró, alarmada.
– El dormitorio de usted se encuentra situado entre el de la señora Haslett y la tubería principal por la que al parecer ha trepado el intruso. ¿No ha oído ningún ruido anormal durante la noche, algo que le llamara la atención?
Se quedó muy pálida. Era evidente que no se le había ocurrido que el asesino había pasado por delante de su ventana. Se agarró al respaldo de la silla de Araminta.
– No, nada. No suelo dormir muy bien, pero anoche sí. -Cerró los ojos-. ¡Qué cosa tan espantosa!
Araminta demostró más entereza. Estaba sentada muy rígida y era muy delgada, su cuerpo era casi huesudo bajo la tela fina de la bata matinal. A nadie se le había ocurrido todavía ponerse de luto. La joven tenía una cara enjuta, los ojos muy abiertos y su boca era curiosamente asimétrica. Habría sido guapa a no ser por cierta acritud, algo quebradizo que se escondía bajo su apariencia externa.
