– No podemos ayudarle, inspector -le dijo con franqueza, sin evitar sus ojos ni dispuesta a excusarse por nada-. Anoche vimos a Octavia antes de que se retirase a su habitación, a eso de las once o unos minutos antes. Yo la vi en el rellano, después entró en el cuarto de mi madre para desearle buenas noches y vi que luego se metía en su habitación. Nosotros nos retiramos a la nuestra. Mi marido le dirá lo mismo. Esta mañana nos ha despertado llorando la doncella, Annie, para anunciarnos que había ocurrido algo terrible. Yo he sido la primera en abrir la puerta del cuarto después de Annie. He visto al momento que Octavia estaba muerta y que ya no se podía hacer nada por ella. He hecho salir enseguida a Annie y la he enviado con la señora Willis, el ama de llaves. La pobre estaba muy impresionada. Yo entretanto he ido a buscar a mi padre, que estaba reuniendo al servicio para la oración matinal y le he comunicado lo ocurrido. Mi padre ha ordenado a uno de los criados que avisara a la policía. La verdad es que no sé qué más podemos decir.

– Gracias, señora.

Monk miró a lady Moidore. Tenía la frente ancha y corta y la nariz fuerte que su hijo había heredado de ella, aunque la cara de la madre era mucho más delicada y la boca de expresión sensata, casi ascética. Cuando hablaba, pese a estar tan probada por el dolor, tenía esa belleza que es propia de las personas vitales y dotadas de imaginación.

– No puedo añadir nada más, inspector -dijo con voz muy tranquila-. Mi habitación se encuentra en la otra ala de la casa y no me he enterado de la tragedia ni de que hubiera entrado nadie hasta que mi doncella, Mary, me ha despertado y mi hijo ha venido a verme después para decirme lo que había… ocurrido.

– Gracias, señora. Espero que ya no será necesario volver a molestarlas. -No había esperado descubrir nada nuevo, se trataba únicamente de una formalidad que habría sido imprudente pasar por alto. Se excusó y salió para reunirse con Evan, que estaba en las dependencias de los criados.



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