Tampoco lo que había descubierto Evan parecía demasiado importante: sólo había conseguido hacer una lista de joyas desaparecidas, gracias a la información facilitada por la doncella de las señoras. Efectivamente, faltaban dos sortijas, un collar, un brazalete y, por extraño que pueda parecer, un jarroncito de plata.

Abandonaron la casa de los Moidore poco antes de mediodía. Ahora las cortinas estaban corridas y había crespones negros en la puerta. En señal de respeto a la difunta, los lacayos estaban esparciendo paja en la calzada para amortiguar el estrépito producido por los cascos de los caballos.

– ¿Y ahora qué? -preguntó Evan al pisar la acera-. El limpiabotas ha dicho que en el extremo del lado este, esquina con Chandos Street, estaban dando una fiesta. Uno de los cocheros o de los lacayos podría haber visto algo… -Levantó las cejas con aire esperanzado.

– Y también hay que localizar al agente que estaba de ronda -añadió Monk-. Yo buscaré al policía y usted encárguese de la fiesta. ¿Dice que era en la casa de la esquina?

– Sí, señor Monk… una familia apellidada Bentley.

– Informe a la comisaría cuando haya terminado las pesquisas.

– Sí, señor. -Evan giró sobre sus talones y se alejó rápidamente, con unos movimientos más armónicos de lo que se habría presumido de un cuerpo tan larguirucho y huesudo.

Monk tomó un cabriolé para trasladarse a la comisaría, donde tenía intención de averiguar la dirección del agente que había patrullado por la zona durante la noche.

Una hora más tarde estaba sentado en la pequeña y gélida salita delantera de una casa próxima a Euston Road, tomando a pequeños sorbos una taza de té en compañía de un agente soñoliento y sin afeitar, que demostraba estar sumamente nervioso. Ya llevaban más de cinco minutos conversando cuando Monk se percató de que el hombre lo conocía de tiempo y de que las angustias que parecía estar pasando no tenían nada que ver con ninguna omisión o posible fallo en sus deberes durante la pasada noche, sino con algo que había ocurrido en una ocasión anterior, de la que Monk no conservaba recuerdo alguno.



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