
Sin darse cuenta, se puso a escrutar la cara del hombre, tratando inútilmente de extraer de ella algún recuerdo, y por dos veces perdió el hilo de la conversación.
– Lo siento, Miller, ¿qué decía? -se disculpó la segunda vez.
Miller estaba intimidado, como si no supiera muy bien si la pregunta obedecía a una distracción por parte de Monk o presuponía una crítica solapada a lo que acababa de decir, por considerarlo increíble.
– Decía que anoche pasé con una frecuencia de veinte minutos por el lado oeste de Queen Anne Street, señor. Después seguía por Wimpole Street abajo y otra vez hacia arriba por Harley Street. No fallé una sola vez porque, como no ocurrió nada anormal, no tuve que pararme en ninguna ocasión.
Monk puso cara de extrañeza.
– ¿No vio a nadie rondando por allí? ¿A nadie?
– Gente vi mucha, pero nadie sospechoso -replicó Miller-. Había una gran fiesta en la otra esquina de Chandos Street, la que da a Cavendish Square. Hasta las tres de la madrugada hubo mucho ajetreo de cocheros y lacayos arriba y abajo, pero no vi a nadie que hiciera nada raro, ni menos aún que trepara por las tuberías para meterse por las ventanas de las casas. -En su expresión se adivinó que iba a añadir algo más, pero de pronto cambió de parecer.
– ¿Sí? -insistió Monk.
Pero Miller no cedió. Monk volvió a preguntarse si sería por lo que había ocurrido entre ellos en otro tiempo y si Miller quizás habría añadido algo más de ser él otra persona. ¡Era tanto lo que ignoraba! Ignorancia en relación con los procedimientos policiales, las conexiones con el hampa, el inmenso arsenal de cosas que todo buen detective debe poseer. El hecho de no saber le dificultaba el camino a cada paso que daba, obligándolo a trabajar con mucho más ahínco para esconder su vulnerabilidad, aunque no lo suficiente para eliminar el miedo profundo provocado por la ignorancia que tenía de su persona.
