
Y ahora estaba sentado en aquella estancia pequeña y ordenada, tratando de conseguir datos de un hombre que era evidente que lo temía. ¿Por qué? Una pregunta imposible de contestar.
– ¿No vio a nadie más? -preguntó Monk, esperanzado.
– Sí, señor -respondió Miller de pronto, ávido de complacerle y comenzando a dominar su nerviosismo-. Vi a un médico que había ido a hacer una visita en la casa situada cerca de la esquina de Harley Street y Queen Anne Street. Lo vi salir, pero no lo había visto entrar.
– ¿Sabe su nombre?
– No, señor -respondió Miller volviendo a encresparse, como a la defensiva-. Salió por la puerta principal y se la abrió el dueño de la casa. La mitad de las luces de la casa estaban encendidas, seguro que había acudido allí porque lo habían llamado…
Monk ya iba a disculparse por el desaire involuntario, pero cambió de parecer. Le resultaría más rentable mantener a Miller en vilo.
– ¿Recuerda la casa?
– Debe de ser la tercera o la cuarta del lado sur de Harley Street, señor Monk.
– Gracias. Iré a preguntar, a lo mejor vieron algo. -Después se preguntó por qué demonios tenía que darle explicaciones a aquel hombre.
Se levantó, dio las gracias a Miller y salió nuevamente en dirección a la calle principal, donde seguramente encontraría coches de alquiler.
