Habría debido dejar estas gestiones en manos de Evan, que sabía de sus contactos con el hampa, pero ya era demasiado tarde. Se movía por instinto, empujado por su inteligencia, olvidando hasta qué punto su memoria había quedado presa de aquel mundo de sombras la noche en que volcó el coche en que viajaba y se rompió las costillas y el brazo y todo quedó borrado para él, desde su identidad hasta sus vínculos con el pasado.

¿Quién más podía haber estado en la calle de noche en la zona de Queen Anne Street? Un año atrás habría sabido dónde encontrar a los maleantes, ladrones, vagabundos, pero ahora no contaba con otra cosa que suposiciones y deducciones a base de tanteos, que lo pondrían en evidencia ante Runcorn, quien estaba esperando la primera oportunidad para hacerlo caer en la trampa. Así que hubiera acumulado errores suficientes, Runcorn caería en la cuenta de la increíble y maravillosa verdad y encontraría la excusa que andaba buscando desde hacía tanto tiempo para despedir a Monk y sentirse por fin seguro. Sería la manera de acabar de una vez por todas con aquel duro y ambicioso teniente que llevaba peligrosamente pegado a los talones.

Localizar al médico no fue difícil, le bastó volver a Harley Street y llamar una por una a las casas del lado sur hasta dar con la que buscaba y hacer en ella las preguntas pertinentes.

– Así es -dijo no sin cierta sorpresa el dueño de la casa, después de recibirlo un tanto fríamente. Parecía cansado e irritado-. Aunque no veo por qué ha de interesar esto a la policía.

– Anoche asesinaron a una mujer en Queen Anne Street -replicó Monk. El periódico de la tarde publicaría la noticia y dentro de una o dos horas pasaría a ser de dominio público-. Quizás el médico vio a alguien merodeando por los alrededores.

– Dudo que ese médico conozca de vista a las personas que van matando a mujeres por la calle.



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