
– No, por la calle no, fue en casa de sir Basil Moidore -le corrigió Monk, aunque la diferencia tenía poca importancia-. Se trata de saber a qué hora estuvo aquí el médico y qué camino siguió. De todos modos, puede que tenga razón y no sea de ninguna importancia.
– Supongo que sabe lo que se lleva entre manos -dijo el hombre con cierta vacilación, demasiado preocupado y absorto en sus propios asuntos para ocuparse de los ajenos-, pero corren unos tiempos en que los criados suelen tener compañías un poco extrañas. Yo diría más bien que debe de tratarse de alguien a quien una criada debió de dejar entrar en la casa, algún galán poco recomendable.
– La víctima fue la hija de sir Basil, la señora Haslett -dijo Monk con amarga satisfacción.
– ¡Dios mío! ¡Qué cosa tan terrible! -La expresión del caballero cambió instantáneamente. Con una sola frase el peligro había pasado de afectar a una persona apartada de su mundo para golpear a una persona de su propio círculo, es decir, a convertirse en una amenaza próxima y alarmante. La helada mano de la violencia había alcanzado a alguien que pertenecía a su propia clase y, al hacerlo, había pasado a convertirse en una realidad-. ¡Es espantoso! -La sangre huyó de su rostro cansado y su voz se quebró un instante-. ¿Se puede saber qué hacen ustedes? ¡Hay que poner más policía en las calles, más patrullas! ¿De dónde había salido ese hombre? ¿Qué hacía en este barrio?
Monk sonrió con amargura al ver al hombre presa de tal agitación. Si la víctima hubiera sido una criada, la culpa habría sido de ella por tener malas compañías; si se trataba de una señora, en cambio, había que reforzar la vigilancia policial y cazar al criminal sin pérdida de tiempo.
– ¿Y bien? -inquirió el hombre, advirtiendo una mal disimulada sonrisa en el rostro de Monk.
– Así que lo encontremos, sabremos qué hacía -replicó Monk con voz suave-. Entretanto, si tiene la bondad de darme el nombre del médico, iré a su casa a preguntarle si observó algo que se saliera de lo normal en su trayecto de ida o de vuelta.
