
Monk no siguió insistiendo. No creía que pudiera tratarse de alguna incursión de un lacayo al que le hubiera dado por ahí. Seleccionaban a los lacayos por su talla y su porte y todos iban magníficamente vestidos. No estaban en condiciones de trepar por las tuberías ni de hacer acrobacias en los muros de casas de dos y tres pisos de altura ni menos de colgarse en los salientes de los edificios en plena oscuridad. Éste era un arte para el que había que ir vestido ad hoc.
– Debió de venir por el otro lado -concluyó-, por la parte de Wimpole Street, entre el momento en que Miller bajaba por esa calle y el que subía por Harley Street. ¿Y por la parte de atrás? Me refiero a Harley Mews.
– No hay manera de saltar por el tejado, señor Monk -replicó Evan-. Lo he examinado bien: habría corrido el riesgo de despertar al cochero y a los mozos de cuadra de los Moidore, que duermen sobre los establos. Además, no hay ningún ladrón que se precie que quiera importunar a los caballos. No, señor Monk, lo mejor es entrar por delante, como demuestra la situación de la tubería y el estado de la enredadera, y los indicios señalan que éste fue el camino que siguió. Como usted dice, debió de introducirse en la casa entre las rondas de Miller. No era fácil que lo detectasen.
Monk titubeó. Odiaba poner al descubierto sus flaquezas, pese a que sabía que Evan estaba al tanto de su estado y que, de haberse sentido tentado a hacer partícipe a Runcorn de lo que sabía, ya lo habría hecho semanas atrás, concretamente en el curso del caso Grey, cuando Monk estaba confundido, asustado y a punto de volverse loco, aterrado por las imágenes que su inteligencia evocaba partiendo de retazos de recuerdos que iban repitiéndose como pesadillas.
