
– ¿Y si voy a The Grinning Rat y hago unas cuantas preguntas? -Evan interrumpió sus pensamientos-. Como alguien trate de desembarazarse del collar y de los pendientes acabarán en manos de un perista, pero las noticias de asesinatos circulan rápido, sobre todo cuando se trata de uno que la policía quiere resolver a toda costa. Los ladrones corrientes seguro que querrán estar limpios respecto a este asunto.
– Sí… -Monk se agarró rápidamente a lo que acababa de decir-. Yo probaré con los peristas y prestamistas, usted vaya a The Grinning Rat a ver si se entera de algo. -Se metió la mano en el bolsillo y sacó de él su hermoso reloj de oro. Seguro que había tenido que ahorrar mucho tiempo para costearse una vanidad como aquélla, pero no recordaba haber vivido sin aquel reloj, ni tampoco la satisfacción de haberlo comprado. Sus dedos se pasearon por su lisa superficie y sintió el vacío que había dejado en él la huida de la memoria, de los recuerdos, del placer de saborearlos. Al abrirlo, la tapadera emitió un chasquido.
– Es una buena hora para hacerlo. Nos vemos mañana por la mañana.
Evan volvió a su casa y se cambió de ropa antes de intentar volver a ponerse en contacto con el grupo marginal que tan arduamente había conseguido localizar. La chaqueta bien cortada y de aspecto convencional, además de la camisa limpia que ahora llevaba, igual podían tomarse por la indumentaria propia de un estafador, pero era bastante más probable que se le tomase por un empleado con aspiraciones sociales, o por un comerciante modesto.
