Cuando, una hora después de haber hablado con Monk, salió de sus aposentos, su aspecto había cambiado radicalmente. Se había peinado para atrás con ayuda de un poco de gomina y algún que otro mejunje los hermosos cabellos castaños de generosa onda y se había afeado la cara de forma similar, aparte de haberse puesto una camisa vieja sin cuello y una chaqueta que le colgaba, fláccida, de los hombros enjutos. Tenía preparadas para la ocasión un par de botas que un mendigo había abandonado al encontrar otras mejores. Le rozaban los pies, pero solventó el inconveniente poniéndose un par más de calcetines para así caminar mejor. Ataviado de esta guisa, se encaminó hacia la taberna de Pudding Lane, donde cenaría a base de sidra y pastel de anguila y mantendría aguzado el oído. En Londres había una enorme variedad de establecimientos públicos, desde los espaciosos y respetables que ofrecían banquetes a las personas de buena cuna y provistas de caudales, seguidos de los también acogedores pero menos ostentosos que servían de lugar de reunión y punto de encuentro para realizar transacciones en el campo de todo tipo de profesiones, desde abogados y estudiantes de medicina a actores y aspirantes a político, hasta aquellos establecimientos que eran como una especie de teatrillos de variedades embrionarios, donde se daban cita reformadores, agitadores y panfletistas, filósofos callejeros y representantes de movimientos obreros, para llegar finalmente al peldaño más bajo, en el que se encontraban los lugares frecuentados por jugadores, oportunistas, borrachos y grupos marginales del mundo criminal. The Grinning Rat era una taberna que pertenecía a este último grupo, razón por la cual Evan la había elegido hacía muchos años y donde, si su presencia no era grata en aquellos momentos, por lo menos era tolerada.



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