
Desde la calle veía las luces que se reflejaban a través de las ventanas en la sucia acera y en la cuneta. Alrededor de la puerta pululaban media docena de hombres y varias mujeres, todos vestidos con ropas tan oscuras y gastadas por el mucho uso que eran como manchas de diferente densidad en aquella luz borrosa que se filtraba hasta la calle. Incluso cuando alguien abría la puerta de la taberna en medio de una explosión de carcajadas, como aquel hombre y aquella mujer que salieron por la escalera cogidos del brazo y tambaleándose, no se atisbaba otra cosa que marrones y pardos entremezclados con algún que otro aleteo rojo oscuro. El hombre dio unos pasos vacilantes hacia atrás y una mujer que se apoyaba en el desagüe gritó una obscenidad a la pareja. Pero ellos la ignoraron y desaparecieron Pudding Lane arriba, en dirección a East Cheap. Evan también la ignoró y se sumergió en el interior, en el calor y las voces, el olor a cerveza, serrín y humo. Se abrió paso a empellones entre un grupo de hombres ocupados en jugar a los dados, otro en el que se hacía alarde de los méritos de unos perros de lucha y un defensor de la abstinencia que se desgañitaba inútilmente anunciando su credo para llegar a un ex boxeador cuyo rostro castigado exhibía una expresión bonachona y unos ojos hinchados.
– Hola, Tom -le dijo Evan en tono amable.
– Hola -dijo en tono infantil el púgil, sabiendo que aquel rostro le resultaba familiar, pero incapaz de asociarlo a un nombre.
– ¿Has visto a Willie Durkins? -preguntó Evan con naturalidad y fijándose en que el hombre tenía la jarra casi vacía-. Voy a por una pinta de sidra. ¿Te traigo una?
Tom no titubeó un instante y se limitó a asentir alegremente mientras apuraba el fondo de la jarra para dejarla totalmente disponible.
Evan la cogió, se abrió paso hasta la barra y pidió dos sidras, mientras departía un momento con el camarero, que descolgó su jarra de entre las muchas colgadas de los ganchos que tenía sobre su cabeza. Los clientes habituales tenían jarra propia. Evan volvió junto a Tom, que lo aguardaba con aire esperanzado, y le tendió la jarra de sidra. Así que Tom hubo bebido casi la mitad de la jarra con desmesurada sed, Evan formuló de nuevo la pregunta con discreto interés.
