
– ¿Has visto a Willie? -repitió.
– No, esta noche no, señor. -Tom había añadido aquel «señor» como para darle las gracias por la pinta, aunque seguía sin recordar su nombre-. ¿Para qué lo quiere? A lo mejor yo le puedo echar una mano.
– Quisiera pasarle un aviso -mintió Evan sin mirar a Tom a la cara y fijando los ojos en la jarra.
– ¿Sobre qué cosa?
– Un asunto feo en la zona oeste -le respondió Evan-. Tienen que cargarle el muerto a alguien, y como conozco a Willie… -Levantó súbitamente los ojos y sonrió a Tom, en un gesto simpático, lleno de inocencia y buen humor-. No me gustaría que le echaran el guante… lo echaría de menos.
Tom farfulló unas palabras de reconocimiento. No estaba seguro del todo, pero tenía la impresión de que aquel lechuguino tan simpático o era uno de la pasma o era un soplón de los que dan información a la pasma. Él habría sido el primero en ofrecerla, si tuviese alguna… siempre que el asunto lo mereciera, naturalmente. Nada de raterías corrientes, eso por descontado; eran una forma de ganarse la vida como otra cualquiera. No, deberían ser informaciones sobre los que se meten donde no los llaman, o sobre asuntos feos que despertaban demasiado interés por parte de la policía: asesinatos, incendios premeditados o falsificaciones importantes, asuntos del género que saca de sus casillas a los caballeros influyentes de la City. Así no hacían más que poner en un aprieto a los que se dedicaban a modestas chapuzas como robos con escalo, hurtos callejeros o alguna que otra falsificación de billetes y documentos legales. Con tanta policía merodeando era más que peliagudo comerciar con mercancía robada o vender licores ilegales.
