El contrabando a pequeña escala que se realizaba en el río se resentía, lo mismo que el juego y el trabajo de los tahúres y estafadores relacionados con el deporte, el boxeo sin guantes y, naturalmente, la prostitución. Si Evan hubiera hecho alguna pregunta a Tom relacionada con alguna de esas actividades, éste se habría ofendido y así se lo habría hecho saber. El hampa dirigía ese tipo de negocios desde siempre y nadie podía pretender cambiar esa situación.

Pero había cosas que no se podían hacer. Lo contrario habría sido una insensatez y una falta de consideración con los que se ganaban la vida lo más discretamente posible.

– ¿De qué asunto feo se trata, señor?

– Asesinato -replicó Evan muy serio-. La hija de un hombre muy importante asesinada por un ladrón en su propio dormitorio. Una estupidez…

– No lo sabía. -Tom parecía indignado-. ¿Y eso cuándo ha sido? ¡Nadie ha dicho nada!

– Anoche -respondió Evan bebiendo un poco más de sidra.

Desde algún lugar situado a su izquierda le llegó una sonora carcajada y alguien se puso a decir pestes contra cierto caballo que había ganado una carrera.

– No lo sabía -repitió Tom en tono lastimero-. ¡No entiendo cómo puede haber gente a la que le da por esas cosas! Yo a ésos los llamo imbéciles. ¡Mira que matar a una señora! Que le hubiera soltado un guantazo si la tía se despertaba y empezaba a gritar tendría un pase, pero hay que ser un baboso rematado para armar ruido y despertar a la clientela.

– ¡Y encima apuñalarla! -dijo Evan asintiendo-. ¿Por qué no le arreó un sopapo, como tú bien has dicho? No había ninguna necesidad de matarla. Ahora la mitad de la policía se pondrá a patrullar por el West End. -Era una exageración en toda regla, pero Evan sabía por qué lo decía-. ¿Más sidra?

Tom volvió a indicar sus deseos limitándose a ofrecerle la jarra vacía sin decir palabra. Evan se levantó para servirlo.



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