
Pero había cosas que no se podían hacer. Lo contrario habría sido una insensatez y una falta de consideración con los que se ganaban la vida lo más discretamente posible.
– ¿De qué asunto feo se trata, señor?
– Asesinato -replicó Evan muy serio-. La hija de un hombre muy importante asesinada por un ladrón en su propio dormitorio. Una estupidez…
– No lo sabía. -Tom parecía indignado-. ¿Y eso cuándo ha sido? ¡Nadie ha dicho nada!
– Anoche -respondió Evan bebiendo un poco más de sidra.
Desde algún lugar situado a su izquierda le llegó una sonora carcajada y alguien se puso a decir pestes contra cierto caballo que había ganado una carrera.
– No lo sabía -repitió Tom en tono lastimero-. ¡No entiendo cómo puede haber gente a la que le da por esas cosas! Yo a ésos los llamo imbéciles. ¡Mira que matar a una señora! Que le hubiera soltado un guantazo si la tía se despertaba y empezaba a gritar tendría un pase, pero hay que ser un baboso rematado para armar ruido y despertar a la clientela.
– ¡Y encima apuñalarla! -dijo Evan asintiendo-. ¿Por qué no le arreó un sopapo, como tú bien has dicho? No había ninguna necesidad de matarla. Ahora la mitad de la policía se pondrá a patrullar por el West End. -Era una exageración en toda regla, pero Evan sabía por qué lo decía-. ¿Más sidra?
Tom volvió a indicar sus deseos limitándose a ofrecerle la jarra vacía sin decir palabra. Evan se levantó para servirlo.
