– Willie es incapaz de hacer una cosa así -dijo Tom cuando volvió Evan-. ¡No se chupa el dedo!

– Si pensara que ha sido él no me andaría pasándole avisos -respondió Evan-, ¡dejaría que lo colgasen!

– ¡Claro! -asintió Tom con voz lúgubre-. Y encima, antes de colgarlo los polis ya se lo habrían pateado todo para chinchar y para estropearnos el negocio.

– ¡Exactamente! -dijo Evan escondiendo la cara en la jarra-. Así que dime, ¿dónde está Willie?

Esta vez Tom no se anduvo con evasivas.

– Mincing Lane -dijo en tono malhumorado-. Si está dispuesto a esperarse una hora o así, esta noche acabará dejándose caer por el carretón del que vende empanadas de anguila y yo casi diría que, si lo informa del asunto, le quedará muy agradecido. -Sabía que aquel Evan, quienquiera que fuera, quería algo a cambio. La vida era así.

– Gracias -dijo Evan dejando media jarra, que a buen seguro Tom estaría encantado de terminar-, me parece que probaré. Buenas noches.

– Buenas noches -Tom se apoderó de la jarra antes de que algún camarero excesivamente celoso de sus deberes la retirase de la mesa.

Evan se lanzó a la calle dispuesto a afrontar aquella tarde que iba haciéndose más fría y echó a andar con brío, el cuello subido y sin mirar a derecha ni izquierda, hasta Mincing Lane, dejando atrás a los grupitos de ociosos que haraganeaban en los portales. No tardó en localizar al vendedor de empanadas de anguilas con su carreta, un tipo delgaducho con chistera en la cabeza y delantal en la cintura, envuelto en el delicioso aroma que despedían los dos pucheros que tenía delante.

Evan le compró una empanada y la consumió con delectación, la pasta estaba crujiente y la carne de anguila le pareció deliciosa.

– ¿Ha visto a Willie Durkins? -le preguntó a bocajarro.

– No, esta noche no. -El hombre parecía desconfiar: uno no facilita información así por las buenas y menos sin saber con quién está hablando.



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