– Sir Basil les recibirá en la biblioteca -dijo con altivez-. Vengan por aquí.

Y sin molestarse en comprobar si le seguían, salió muy tieso de la cocina, ignorando a la cocinera, que se encontraba sentada en una mecedora. Lo siguieron a través del pasillo, pasaron por delante de la puerta de la bodega, por la despensa, por la antecocina, por la puerta que daba al exterior y conducía a la lavandería, por la sala de estar del ama de llaves y, finalmente, a través de una puerta tapizada de paño verde, accedieron a la planta principal.

Distribuidas sobre el parquet del vestíbulo había unas magníficas alfombras persas y las paredes estaban revestidas de madera hasta media altura y decoradas con excelentes paisajes. Monk tuvo el destello de un recuerdo que venía de épocas distantes, acaso el detalle de un robo, y las palabras «pintura flamenca» le vinieron a la cabeza. A partir del accidente quedaban muchas cosas atrás que estaban veladas y de las que sólo recuperaba de cuando en cuando algún atisbo, como el movimiento entrevisto por el rabillo del ojo al volver la cabeza, ya demasiado tarde para captarlo.

Ahora, sin embargo, no le quedaba más remedio que seguir al mayordomo y poner toda su atención en los datos que se tenían del caso. Debía salir airoso, sin dejar que nadie advirtiera hasta qué punto se movía a trompicones, elaborando y reconstruyendo hipótesis a partir de retazos para llegar al nivel de conocimientos que los demás le suponían. No tenían por qué saber que se valía de esas relaciones del hampa con las que cuenta todo detective. Era un policía famoso y la gente esperaba de él resultados brillantes. Lo leía en los ojos de todos, lo oía en sus palabras, el elogio espontáneo dispensado como algo que es de dominio público. Sabía también que se había hecho demasiados enemigos para permitirse el lujo de equivocarse.



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