
Estaban en la biblioteca. Phillips abrió la puerta, los anunció y se hizo a un lado para dejarlos pasar.
La estancia era de tipo tradicional, con las paredes cubiertas de estanterías. Una gran ventana mirador dejaba entrar la luz a raudales y la alfombra verde y demás accesorios infundían una sensación de bienestar, casi la impresión de estar en un jardín.
No había tiempo para detenerse en esas observaciones. Basil Moidore estaba de pie en el centro de la habitación. Era un hombre alto, de cuerpo algo desmadejado y nada atlético aunque no gordo todavía, y se mantenía muy erguido. No podía haber sido apuesto en ningún momento de su vida, sus rasgos eran demasiado cambiantes, su boca demasiado grande y las arrugas profundamente incisas en torno a ella más bien denotaban voracidad y temperamento que ingenio. Tenía unos ojos que llamaban la atención por lo oscuros y, pese a no ser bellos, eran penetrantes y extremadamente inteligentes. Su cabello fuerte y lacio estaba jaspeado de gris.
Ahora aquel hombre se sentía a la vez furioso y terriblemente desgraciado. Estaba pálido y abría y cerraba, nervioso, los puños.
– Buenos días, señor Moidore -Monk se presentó y presentó a Evan.
Odiaba tener que hablar con aquellos que habían sido golpeados por la desgracia, y además la muerte de un hijo era una de las más terribles, pero ya estaba acostumbrado. No había pérdida de memoria capaz de borrar la familiaridad con el dolor, el verlo reflejado en estado puro en los demás.
