
– Buenos días, inspector -respondió Moidore como un autómata-, me temo que no conseguirá nada, aunque sé que debe intentarlo. Un indeseable penetró en mi casa durante la noche y asesinó a mi hija. No puedo decirle otra cosa.
– ¿Podríamos ver la habitación donde ocurrió el hecho? -preguntó Monk con voz tranquila-. ¿Ha venido ya el médico?
Las gruesas cejas de sir Basil se enarcaron por la sorpresa. -Sí… aunque ahora ya no sé qué beneficio podemos obtener de un médico, la verdad.
– Simplemente determinar la hora de la muerte y las causas de la misma.
– A mi hija la acuchillaron en una hora cualquiera de la noche. No se necesita médico para saberlo. -Sir Basil inspiró con fuerza y después fue soltando lentamente el aire. Su mirada vagó un momento por la habitación, incapaz de centrar su interés en Monk. El inspector y Evan no eran más que funcionarios con un papel secundario en la tragedia y él estaba demasiado afectado para concentrarse en una sola idea. En sus pensamientos se introducían hechos tan nimios como un cuadro torcido en la pared, un rayo de sol que incidía en el título de un libro o el jarrón con unos crisantemos tardíos colocado sobre la mesilla baja. Monk vio el estado de ánimo de aquel hombre reflejado en su cara y lo comprendió.
– Uno de los criados nos mostrará la habitación -dijo Monk excusándose para salir de allí lo antes posible.
– Oh… sí, naturalmente. Y todo lo que haga falta -respondió Basil volviendo a la realidad.
– Imagino que usted no oiría ningún ruido extraño durante la noche, ¿verdad? -le preguntó Evan desde la puerta.
Sir Basil frunció el ceño.
– ¿Cómo? No, en absoluto, de otro modo ya lo habría dicho. -Todavía no habían abandonado la habitación, pero la atención de aquel hombre ya se había desentendido de ellos y se centraba ahora en las hojas que azotaban los cristales, movidas por el viento.
