
Phillips, el mayordomo, los esperaba en el vestíbulo. Sin decir palabra los condujo a través de la amplia y curvada escalinata hasta el rellano, alfombrado en tonos rojos y azules y decorado con varias mesillas arrimadas a las paredes. El rellano se extendía unos quince metros a derecha e izquierda hasta unas ventanas en forma de tribuna que lo iluminaban desde ambos extremos. Siguieron al criado hacia la izquierda y se pararon ante la tercera puerta.
– La habitación de la señorita Octavia -dijo Phillips con voz pausada-. Si me necesitan, toquen la campanilla.
Monk abrió la puerta y entró en la habitación. Llevaba a Evan pegado a los talones. La habitación era de techo alto con molduras de yeso y de él colgaban unas arañas de cristal. Las cortinas con dibujos de flores verdes y rosas estaban descorridas y dejaban penetrar la luz. Había tres butacas tapizadas, un tocador con un espejo de tres cuerpos y una gran cama cuyo dosel estaba revestido con la misma tela que las cortinas. Atravesado en la cama yacía el cuerpo de una mujer joven, cubierto tan sólo por un camisón de seda de color marfil. Una herida de color púrpura le atravesaba el cuerpo desde el pecho hasta casi las rodillas. Tenía los brazos extendidos y, desparramada sobre los hombros, la espesa mata de cabellos castaños.
A Monk le sorprendió encontrar a su lado a un hombre delgado de talla mediana y expresión inteligente, en actitud grave y ensimismada. Los rayos de sol que se filtraban a través de la ventana arrancaban reflejos a sus rubios cabellos, de apretados rizos y chispeados de hebras canosas.
– ¿Policía? -preguntó mirando a Monk de arriba abajo-. Yo soy el doctor Faverell -dijo a modo de presentación-. El criado avisó al policía de guardia y éste me avisó a mí… a eso de las ocho.
