
—Yo sí, evidentemente, recordé su cara, su artículo, pero no su nombre. ¿Se siente ofendida?
Kate se erizó.
—¿Por qué habría de estarlo? A decir verdad…
—A decir verdad, huelo en el aire cierta química sexual. ¿O estoy equivocado?
Un brazo pesado rodeó los hombros de Kate y la envolvió un poderoso aroma a colonia barata, era el mismísimo Hiram Patterson, una de las personas más famosas del planeta.
Bobby sonrió y, con delicadeza, sacó el brazo de su padre de los hombros femeninos.
—Papá, me estás avergonzando otra vez.
—Oh, al demonio con eso. La vida es demasiado corta, ¿no? —El acento de Hiram conservaba fuertes vestigios de sus orígenes: las vocales largas y nasales de Norfolk, Gran Bretaña. Era muy parecido a su hijo, pero de tez más oscura, casi calvo con apenas algunos cabellos negros e hirsutos alrededor de su cabeza; los ojos, de un azul intenso por encima de esa prominente nariz típica de la familia, y sonreía con facilidad, dejando ver los dientes manchados por la nicotina. Tenía aspecto de ser un hombre enérgico, aparentando menor edad que los casi setenta años que tenía.
—Ms. Manzoni, soy un gran admirador de su trabajo; y permítame decirle que luce usted estupenda.
—Que es, sin duda, la razón por la que estoy aquí.
Hiram rió, complacido.
—Bueno, eso también. Pero además quise estar seguro de que habría una persona inteligente en medio de tanto personaje político y de bellísimos cuerpos, todos ellos con el cerebro vacío, que atiborran estas presentaciones. Quise en este evento alguien que supiera registrar este instante de la historia.
—Me siento halagada.
—No, no lo está —dijo Hiram con brusquedad—. Está siendo irónica. Usted oyó el rumor acerca de qué voy a decir esta noche. Hasta es probable que en parte lo haya generado usted misma. Piensa que soy un megalómano excéntrico…
