
—No creo que diría eso de usted: lo que sí veo es un hombre con un juguete nuevo. Hiram, ¿realmente cree que un juguete puede cambiar el mundo?
—¡Pero es que sí pueden! En una época fue la rueda, la agricultura, la fabricación de hierro; todos inventos que tardaron miles de años en difundirse por el planeta. Pero actualmente, no más de una generación. Piense en el automóvil, la televisión. Cuando yo era niño, las computadoras eran roperos gigantescos a las que sólo podía accederse a través de sumos sacerdotes que se comunicaban con ellas mediante tarjetas perforadas. Ahora todos transcurrimos la mitad de nuestras vidas conectados a las pantallas flexibles. Y mi chiche va a superar a todos estos. Bien, usted lo decidirá por sí misma. Miró detenidamente a Kate. —Diviértase esta noche. Si este joven disipado no la invitó aún, venga a cenar y le mostraremos más, tanto como desee usted ver. Lo digo en serio. Dígaselo a uno de nuestros robots teleguiados. Ahora, si me disculpa. —Hiram le apretó los hombros brevemente y empezó a abrirse paso entre la multitud, sonriendo y saludando con movimientos de la mano y dando bienvenidas tan efusivas como hipócritas a quienes recién llegaban, mientras seguía su marcha.
—Siento como si una bomba acabara de estallar —dijo Kate inhalando profundamente.
—Pues sí, tiene ese efecto —repuso Bobby y rió—. A propósito…
—¿Qué?
—Se lo iba a preguntar de todos modos antes de que hiciera su aparición ese viejo tonto: acompáñenos a cenar y quizá podamos divertirnos un poco, llegar a conocernos mejor…
Mientras su compañero seguía hablando, Kate dejó de sintonizarlo y se concentró en lo que sabía sobre Hiram Patterson y Nuestro Mundo.
Hiram Patterson —cuyo nombre real era Hirdamani Patel— se había superado a sí mismo y había logrado dejar atrás sus orígenes paupérrimos en los marjales del Este de Inglaterra, tierra que ahora estaba desaparecida debajo del Mar del Norte, el cual avanzaba cada vez más sobre la parte continental.
