
Pero tuvo que prosperar sin Hiram. En su carácter de ciudadano estadounidense, Hiram prontamente aprovechó la oportunidad de reubicarse en las afueras de Seattle, en el estado de Washington, donde estaba encantado de establecer una nueva casa matriz de su compañía, en lo que supo ser los predios de Microsoft. A Hiram le gustaba jactarse de que se iba a convertir en el Bill Gates del siglo veintiuno. Y, en verdad, su poder y el de su compañía habían crecido de manera exponencial en el rico suelo de la economía estadounidense.
No obstante, y eso Kate lo sabía, Hiram no era más que uno de varios jugadores poderosos en un mercado atestado y competitivo. Kate estaba aquí esa noche porque, según decía el rumor y tal como él mismo lo acaba de insinuar, Hiram iba a revelar algo nuevo, algo que habría de cambiar todas las cosas. Bobby Patterson, por el contrario, había crecido envuelto por el poder de Hiram.
Educado en Eton, Cambridge y Harvard, había ocupado diversos puestos dentro de las compañías de su padre y había disfrutado de la vida espectacular de un playboy internacional y del hecho de ser el soltero más codiciado del mundo. Tanto como sabía Kate, él jamás había demostrado el mínimo atisbo de iniciativa propia, ni el deseo de huir del abrazo de su padre. O, mejor aún, la ambición de suplantarlo.
Kate contempló su rostro perfecto. Éste es un pájaro que se siente feliz en su jaula dorada, pensó. Un niño millonario malcriado.
Sintió que se ruborizaba bajo su mirada, y despreció sus propios instintos.
