Nueva canción —murmuró Kate con cinismo.

Bobby se inclinó más cerca de ella.

—¿No le gustan los V-Fabs?

—¡Pero por favor! —contestó Kate—. Los originales se separaron hace sesenta y cinco años. Dos de ellos murieron antes de que yo hubiera nacido. Sus guitarras y tambores son tan torpes y anticuados en comparación con las nuevas bandas con programa de aire, en las que la música surge del baile de los artistas; y, de todos modos, todas estas nuevas canciones sólo son basura extrapolada con sistemas expertos.

—Todo parte de nuestra, ¿cómo lo llama usted en su estilo polémico?, nuestra decadencia cultural —dijo Bobby con delicadeza.

—Demonios, sí —repuso ella, y luego de la humorada de él, se sintió un poco turbada por ser tan ácida.

Hiram aún continuaba con la disertación:

—“…no tan sólo un ardid publicitario. Nací en 1967, durante la Primavera del Amor. Por supuesto, algunos dicen que en los sesenta existió una revolución cultural que no condujo a parte alguna. Quizás haya algo de cierto, en primera instancia. Pero ese movimiento, con su música de amor y esperanza, desempeñó un papel muy importante en moldear a gente como yo, y a otros de mi generación.

La mirada de Bobby se encontró con la de Kate. El joven imitó el gesto de vomitar con la mano ahuecada, y Kate tuvo que cubrirse la boca para evitar reírse.

“Y en el momento culminante de ese verano, el 25 de junio de 1967, se montó un programa global de televisión para demostrar el poder de la incipiente red de comunicaciones.—Detrás de Hiram, el baterista de los V-Fab dio un redoble de preparación y el grupo empezó a tocar una parodia en forma de canto fúnebre de La Marsellesa, que dio lugar a una armonía de tres partes bellamente cantada.



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