—Ésta fue la contribución de Gran Bretaña. —Hiram gritó por encima de la música: una canción sobre el amor, cantada para doscientos millones de personas de todo el mundo. A ese programa se lo llamó Nuestro Mundo. Sí, así es: de ahí es de donde tomé el nombre. Sé que es un poco cursi, pero no bien vi las cintas de ese espectáculo, cuando yo tenía diez años, supe qué quería hacer con mi vida.

Cursi, sí, pensó Kate, pero innegablemente efectivo: el público estaba contemplando como hechizado la gigantesca imagen de Hiram, mientras la música de un verano desaparecido hacía siete décadas resonaba en todo el ámbito del salón.

—“Y creo ahora —dijo Hiram con el gesto ceremonioso de presentador de espectáculos— haber alcanzado la meta que fijé para mi vida. Les sugiero que se aferren de algo, aun de la mano de alguna otra persona…

El piso se volvió transparente.

Kate se sintió presa del vértigo, súbitamente suspendida sobre el espacio vacío, según indicaban sus ojos engañados, fijos en la solidez del piso que tenía debajo de los pies. Hubo una explosión de nerviosas carcajadas, unos pocos chillidos, y el delicado tintineo del cristal haciéndose añicos al caer.

Kate se sorprendió al descubrir que había aferrado el brazo de Bobby. Percibió la musculatura en el contacto; además en forma aparente, casi al descuido, Bobby había dejado que su mano cubriera la de ella. La muchacha, por su parte, no pensaba retirar la mano de esa posición.

La joven parecía estar flotando sobre un cielo lleno de estrellas, como si el lugar hubiera sido transportado al espacio sideral. Pero estas “estrellas”, dispuestas con el fondo de un cielo negro, se hallaban encerradas y constreñidas en un enrejado cúbico, enlazadas por un sutil e intrincado entrecruzamiento de luz multicolor. Al mirar hacia el interior del cubo, las imágenes retrocedían a medida que aumentaba la distancia. A Kate le parecía estar mirando un túnel infinitamente largo.



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