Con la música, astuta y sutilmente distinta de la grabación original, sonando aún en su entorno, Hiram dijo:

—No están mirando hacia lo alto, hacia el cielo, hacia el espacio sideral; por el contrario, están mirando hacia abajo, al interior de la estructura más profunda de la materia.

“Éste es un cristal de diamante. Los puntos blancos que ven son átomos de carbono. Los enlaces son las fuerzas de valencia que los unen. Quiero destacar que lo que verán a continuación, aunque mejorado, no es una simulación. Con tecnología moderna, éstos son microscopios de efecto túnel con barrido electrónico; podemos aumentar imágenes de la materia, aun en éste, el más fundamental de los niveles. Todo lo que ven es real. Ahora, adelantémonos.

Imágenes holográficas surgieron hasta colar el recinto, como si la sala y todos sus ocupantes se hubieran estado hundiendo en el cubo, y disminuyendo de tamaño al mismo tiempo. Átomos de carbono se dilataron sobre la cabeza de Kate en globos gris pálido, en su interior se podían visualizar provocadoras indicaciones de estructuras. Alrededor de la joven, el espacio centelleaba, puntos de luz que parpadeaban, se generaban y extinguían intermitentes. Todo era de una extraordinaria hermosura, como flotar a través de una nube de luciérnagas.

—Están mirando el espacio —dijo Hiram—, el espacio vacío. Ésta es la materia que llena el universo. Pero ahora estamos viendo el espacio con una resolución mucho más precisa que lo permitido por el ojo humano, un nivel en el cual los electrones individuales son visibles; y, en este nivel, los efectos cuánticos se vuelven importantes. El espacio vacío en realidad está lleno, lleno de campos de energía fluctuante. Y estos campos se manifiestan como partículas: fotones, pares electrón, positrón, quarks. Surgen como un fulgor en su breve existencia, y están conformados por masa y energía prestadas.



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