Luego de ser utilizadas son restituidas a sus orígenes; y, conforme a la ley de conservación de la energía, las partículas desaparecen. Nosotros, seres humanos, vemos espacio, energía y materia desde muy arriba, como si un astronauta flotara sobre un océano. Desde nuestra altura es difícil distinguir en las olas los diminutos corpúsculos de espuma que ellas llevan. Pero están ahí.

“Y todavía no hemos llegado al final de nuestro viaje. ¡Agárrense del vaso, amigos!

La escala volvió a explotar. Kate se halló volando hacia el interior vítreo y constituido por varias capas, como una cebolla, de uno de los átomos de carbono. En el centro mismo había una protuberancia dura y refulgente, un enjambre de esferas que había sufrido un desafortunado accidente. ¿Era ése el núcleo… y las esferas internas eran protones y neutrones?

Cuando el núcleo voló hacia ella, Kate oyó gente que gritaba. Todavía agarrada del brazo de Bobby trató de no echarse atrás cuando se precipitaba hacia el interior de uno de los nucleones.

Y entonces…

No había forma aquí. No había conformación discernible; ni luz definida; ni color, más allá de un carmesí rojo sangre. Y, aun así, había movimiento; un retorcimiento lento, insidioso, interminable, señalado por burbujas que ascendían y estallaban. Era como la lenta ebullición de un líquido espeso y pestilente.

Hiram dijo:

—Hemos llegado a lo que los físicos denominan el nivel de Planck. Estamos veinte órdenes de magnitud más profundo que el nivel de partícula virtual que viéramos antes. Y en este nivel ni siquiera podemos estar seguros sobre la estructura del espacio en sí: topología y geometría se desbaratan, y el espacio y el tiempo se desenmarañan.

En éste, el más fundamental de los niveles, no había secuencia de tiempo, no había orden para el espacio. A la unificación del espacio-tiempo la desgarraban de punta a punta las fuerzas de la gravedad cuántica, y el espacio se convertía en una espuma probabilística borboteante, entrelazada por agujeros de gusano.



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