
Kate empezaba a cansarse de la verborrágica jactancia de Hiram; rápidamente consultó el motor de búsqueda. Se enteró de que el “efecto Casimir” se relacionaba con las partículas virtuales a las que había visto cobrar y perder existencia en forma de destellos. En la reducida separación que quedaba entre las capas atómicas, debido a efectos de resonancia, se le permitía existir a nada más que algunos tipos de partículas. Y, por ello, dichos espacios estaban más vacíos que el espacio “vacío” y, en consecuencia, tenían menos energía.
Este efecto de energía negativa podía dar origen, entre otras cosas, a la antigravedad.
Los diversos niveles de la estructura estaban empezando a rotar sobre sí mismos con mayor rapidez. Pequeños relojes aparecieron alrededor de la imagen del motor, contando pacientemente en forma regresiva desde diez hacia nueve, ocho, siete… la sensación de acumulación de energía era palpable.
—Las concentraciones de energía en los intervalos de Casimir se están incrementando —dijo Hiram—. Vamos a inyectar energía negativa para el efecto Casimir dentro de los agujeros de gusano de la espuma cuántica. Los efectos de antigravedad estabilizarán y agrandarán los agujeros de gusano.
“Calculamos que la probabilidad de encontrar un agujero de gusano que conecte Seattle con Brisbane es, con una precisión aceptable, de una en diez millones. Así que nos tomará unos diez millones de intentos ubicar el agujero de gusano que queremos. Pero esto es maquinaria atómica y trabaja tremendamente rápido: aun cien millones de intentos deben de tomar menos de un segundo… Y lo más hermoso de todo esto es que en el nivel cuántico, los enlaces a cualquier sitio que queramos ya existen: todo lo que tenemos que hacer es hallarlos.
