El aplauso empezó con lentitud, disperso pero ascendiendo con rapidez a un climax atronador.

A Kate le resultó imposible no unirse al resto de la gente. Me pregunto adonde llevará todo esto, pensó. Seguramente las posibilidades de esta nueva tecnología —basada, después de todo, en la manipulación del espacio y del tiempo mismos— no iban a quedar limitadas a la simple transferencia de datos. Kate presintió que nada volvería a ser igual, jamás.

Atrajo su mirada un deslumbrante haz de luz, que estaba en alguna parte por encima de su cabeza. Uno de los robots teleguiados estaba llevando la imagen de la nave cohete que Kate había advertido antes, ascendía hacia su parche de cielo gris azulado de Asia central, en completo silencio. Parecía extrañamente anticuada, una imagen que venía a la deriva desde lo pasado más que del futuro.

Nadie más la observaba y resultaba de poco interés para Kate, que apartó la mirada.

Llamaradas rojas y verdes surgían con violencia y chocaban dentro de canales curvos de acero y hormigón armado. La luz palpitaba de un extremo a otro de la estepa, yendo hacia donde estaba Vitali. Era brillante, al punto de ser cegadora, y disipaba por completo los mortecinos reflectores que todavía iluminaban la torre de lanzamiento; inclusive también ocultaba la brillantez del sol de las estepas. Y todavía antes de que la nave hubiera dejado el suelo, el rugido llegó hasta Vitali, como un trueno que le sacudió el pecho.

Sin hacer caso al dolor cada vez mayor que experimentaba en el brazo y el hombro, ni al entumecimiento de manos y pies, Vitali se paró, abrió los agrietados labios y añadió su voz a ese divino bramido; en momentos como ése, siempre se volvía un viejo tonto y sentimental.

A su alrededor había mucha agitación. La gente, los técnicos mal adiestrados y hambrientos como ratas, y los administradores gordos y corruptos por igual, se estaban alejando del lanzamiento y apiñando en torno de radios y televisores que cabían en la palma de la mano, pantallas flexibles parecidas a joyas que mostraban imágenes desconcertantes provenientes de Estados Unidos. Vitali no conocía los detalles, ni le interesaba conocerlos, pero era más que obvio que Hiram Patterson había alcanzado renombre con su promesa… o amenaza.



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