
Hiram estaba trabajando. Eso no sorprendió a Kate: los seis meses transcurridos desde el lanzamiento de su sistema tecnológico de transmisión de datos por tubos del diámetro de la boca de un gusano habían sido los más ajetreados de Hiram. La corporación Nuestro Mundo había alcanzado un suceso máximo, el mayor que jamás había tenido, según los analistas. Pero iba a regresar a tiempo para cenar, dijo el robot.
Así que ella fue conducida hasta donde estaba Bobby.
La sala era grande; la temperatura, neutra; las paredes tan suaves y carentes de detalles como una cáscara de huevo. La luz estaba baja; el sonido anecoico, amortiguado. Los únicos muebles eran varias otomanas para recostarse, tapizadas en cuero negro. Al lado de cada una de las otomanas había una mesa pequeña con una jarra para agua y un estante para suministro de alimentos por vía intravenosa.
Y aquí estaba Bobby Patterson, probablemente uno de los hombres jóvenes más ricos, más poderosos del planeta, recostado solo sobre una otomana en la oscuridad, los ojos abiertos pero la mirada en blanco; los miembros totalmente relajados. Tenía una banda de metal alrededor de las sienes.
Kate se sentó en una otomana al lado de Bobby y lo estudió: pudo ver que estaba respirando con lentitud y la aguja para alimentación intravenosa que se había colocado en un receptáculo del brazo abastecía con suavidad a su desatendido cuerpo.
Estaba vestido con una camisa negra holgada y pantalones cortos. El cuerpo, que se revelaba en los sitios en que la ropa suelta caía sobre la piel, era de gran musculatura, pero eso no decía mucho sobre su estilo de vida; un cuerpo así esculpido ahora se podía obtener con facilidad mediante tratamientos con hormonas y estimulación eléctrica; hasta lo pudo haber conseguido mientras estaba tendido ahí, pensó Kate, como una víctima en coma yaciendo en una cama de hospital.
