
Las cabezas giraron hacia Kate, algunas con gesto de haberla reconocido y otras, hombres y mujeres por igual, con gesto calculador, decididamente lascivo.
Kate escudriñó una cara tras otra, sobresaltándose por el repentino reconocimiento. Había presidentes, dictadores, miembros de la realeza, magnates de la industria y de las finanzas, y el inevitable grupo de celebridades del mundo del cine, de la música y de las demás artes. No advirtió la presencia de la presidenta Juárez, pero sí a varios miembros de su gabinete que estaban ahí. Kate debió admitir que Hiram había reunido un grupo más que selecto para presentar su espectáculo más novedoso.
Por supuesto, Kate sabía que ella misma no estaba allí sólo por su rutilante talento periodístico ni por sus dotes para la conversación, sino por su propia mixtura entre belleza y celebridad de menor cuantía, suscitada como consecuencia de haber revelado el descubrimiento de Ajenjo. Pero ése era un aspecto que Kate había estado feliz de explotar desde el momento mismo en que diera la sensacional noticia.
Robots teleguiados flotaban por encima de la gente, sirviendo canapés y bebidas. Kate aceptó un cóctel. Algunos de los robots llevaban imágenes de uno u otro de los canales de Hiram. En medio de la excitación, no se les prestaba atención a las imágenes, ni siquiera a las más espectaculares —en ese momento se veía una, por ejemplo, que mostraba la imagen de un cohete espacial a punto de que se lo lanzara, evidentemente desde alguna polvorienta estepa de Asia—, pero Kate no podía negar que el efecto acumulativo de toda esta tecnología era impresionante, como si estuviera reforzando aquella famosa bravata de Hiram, de que la misión de Nuestro Mundo era informar a todo un planeta.
