Kate se orientó hacia uno de los agolpamientos de personas más grande que había en las proximidades, tratando de ver quién, o qué, era el centro de la atención: pudo divisar a un hombre joven, delgado, de cabello oscuro, bigote espeso y caído y anteojos redondos, que llevaba un uniforme de camouflage bastante absurdo, en verde lima brillante con cordones escarlata. Parecía estar sosteniendo un instrumento musical de viento de metal, una tuba barítono quizá. Kate reconoció al ejecutante, claro está, y tan pronto como lo reconoció, así de rápido perdió interés. Sólo una imagen virtual. Empezó a inspeccionar la multitud que lo rodeaba, notando la fascinación casi pueril que sentían por esa imagen falsa de una celebridad que hacía tiempo había muerto.

Uno hombre de edad mayor la estaba contemplando casi demasiado de cerca, sus ojos eran extraños, de un gris pálido que no era natural. Kate se preguntaba si el hombre no estaría en posesión de la nueva generación de implantes retinianos que, mediante la operación en longitudes de onda milimétricas, en las cuales las telas eran transparentes, y con apenas un sutil mejoramiento de la imagen, permitían a quien los usaba ver a través de la ropa, según decía el rumor. El hombre dio un paso dubitativo hacia Kate y sus prótesis ortóticas, invisible máquina para caminar, zumbaron con rigidez.

Kate giró sobre sí.

—…Me temo, no es más que un virtual. Nuestro joven sargento de ahí, quiero decir. Al igual que sus tres compañeros, que están diseminados de igual manera por todo el salón. Ni siquiera el poder de mi padre se extiende aún a la resurrección de los muertos. Pero, por supuesto, ustedes ya sabían eso.



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