
Quizá interpretaba demasiado en el modo caprichoso en que había caído Angella Benton. Pero cada caso es una batalla de una guerra interminable. Y, créanme, siempre es preciso llevar algo cuando entras en combate, algo a lo que aferrarte, algo que te guía o te empuja. Y para mi ese algo eran sus manos. No podía olvidarlas. Creía que las había estirado hacia mí, y todavía lo creo.
La investigación experimentó un salto inmediato porque Kizmin Rider reconoció a la víctima. Rider la conocía por su nombre de pila del gimnasio de El Centro, donde ambas entrenaban. A causa del horario irregular que implicaba su trabajo en la brigada de homicidios, Rider no podía mantener un programa de entrenamiento uniforme. Hacía ejercicio en días y horas diferentes, según el tiempo de que disponía y el caso que estaba investigando. Se había encontrado con frecuencia a Benton en el gimnasio y habían trabado conversación mientras sudaban una al lado de la otra en la máquina de steps.
Rider sabía que Benton estaba tratando de labrarse una carrera en la industria del cine. Era ayudante de producción en Eidolon Productions, la empresa de Alexander Taylor. Allí se trabajaba las veinticuatro horas, en función de la disponibilidad de localizaciones y personal. Eso suponía que Benton, igual que Rider, acudía al gimnasio a distintas horas, y también suponía que tenía poco tiempo para establecer relaciones. La víctima le contó en una ocasión a Rider que sólo había tenido dos citas el año anterior y que no había ningún hombre en su vida.
La de las dos mujeres era sólo una amistad superficial y Rider nunca había visto a Benton fuera del gimnasio Ambas eran dos jóvenes negras que trataban de mantenerse en forma para que su cuerpo no las traicionase mientras sacaban adelante sus ajetreadas vidas profesionales y trataban de subir peldaños en sus diferentes mundos.
Sin embargo, el hecho de que Kiz la conociera nos dio una ventaja.
