La hora de defunción se estableció entre las once y las doce de la noche. El cadáver fue descubierto por otro residente del edificio de apartamentos cuando salió a las doce y media para sacar a pasear al perro.

Fue entonces cuando entré en escena yo. En ese momento era detective de grado tres asignado a la División de Hollywood del Departamento de Policía de Los Ángeles. Tenía dos compañeros. En esa época trabajábamos en tríos, y no por parejas, como parte de una configuración experimental diseñada para cerrar los casos con rapidez. Kizmin Rider, Jerry Edgar y yo fuimos avisados al busca y se nos asignó el caso a la una de la mañana. Nos reunimos en la comisaría de Hollywood y nos desplazamos en dos Crown Vic hasta la escena del crimen. Vimos el cadáver de Angella Benton aproximadamente dos o tres horas después de que hubiera sido asesinada.

La víctima yacía de costado sobre las baldosas marrones que estaban teñidas del color de la sangre seca. Los ojos abiertos y casi fuera de sus órbitas distorsionaban lo que había sido un rostro bonito. Presentaba hemorragias en las córneas. Su busto, expuesto, era prácticamente plano. Parecía casi infantil y pensé que tal vez eso la había cohibido en una ciudad donde con frecuencia se concedía más importancia a los atributos físicos que al interior y convertía el hecho de abrirle la blusa y arrancarle el sujetador en una agresión añadida; como si no le bastara con arrebatarle la vida, el asesino también quiso exponer su vulnerabilidad más íntima.

Pero lo que más recordaba de ella eran las manos. De algún modo, cuando su cuerpo sin vida cayó al suelo, sus manos quedaron unidas en el lado izquierdo. Se dirigían hacia arriba desde la cabeza, como si trataran de alcanzar a alguien, suplicantes. Me recordaron las manos de un lienzo renacentista, las manos de los condenados que se estiraban hacia el cielo en demanda de perdón. En mi vida he trabajado en casi mil homicidios y nunca la posición de un cadáver me impresionó tanto.



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