En las primeras veinticuatro horas nos dedicamos a recopilar todas las pruebas, realizar las notificaciones y conducir los primeros interrogatorios de todos aquellos directamente relacionados con la escena del crimen. Fue en las siguientes veinticuatro horas cuando empezaron los cambios y nosotros comenzamos a examinar las anomalías, tratando de abrirlas como nueces. Y hacia el final de ese segundo día habíamos llegado a la conclusión de que se trataba de una escena del crimen falsa, es decir, un escenario preparado por el asesino para que llegáramos a conclusiones erradas acerca del asesinato. Nos enfrentábamos a un asesino que nos estaba guiando por la senda del depredador psicosexual cuando la naturaleza del crimen era completamente distinta.

Lo que nos orientó en esa dirección fue el semen hallado en el cadáver. Al examinar las fotografías de la escena del crimen, advertí gotas de semen que se extendían por el cuerpo de la víctima en una línea que insinuaba una trayectoria. En cambio, las gotas examinadas una a una eran circulares. Los investigadores saben, sobre todo a partir del examen de la sangre, que las gotas son redondas cuando caen en vertical a una superficie. Las gotas de forma elíptica se producen cuando la sangre salpica en una trayectoria o cae en ángulo sobre la superficie. Consultamos con el experto del departamento para saber si las normas aplicables a la sangre podían extenderse a otros fluidos corporales. Nos dijeron que, efectivamente, así era, y la explicación dejó al descubierto una anomalía. Cobró forma la hipótesis de que el asesino o asesinos habían puesto intencionadamente el semen en la escena del crimen. Probablemente lo habían llevado a la escena del crimen y después lo habían hecho gotear sobre el cadáver como parte de una maniobra destinada a desviar la atención.



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