La tarea que se nos planteaba era de enormes proporciones. Solicitamos ayuda, más personal que colaborara en las entrevistas. La teniente no podía cedernos a nadie. Rider y yo pasamos el día entero haciendo entrevistas en las oficinas de Archway. Y ésa fue la única vez que hablé con Alexander Taylor. Departimos con él durante media hora y la conversación fue superficial. Conocía a Benton, por supuesto, pero no mucho. Mientras que ella estaba en la base del tótem, Taylor se hallaba en lo más alto. Sus contactos habían sido infrecuentes y breves. La joven llevaba menos de seis meses en la empresa y él no la había contratado personalmente.

No recabamos datos valiosos en ese primer día de entrevistas. Es decir, ninguna entrevista proporcionó una nueva dirección o foco de investigación. Estábamos en un callejón sin salida. Ninguna de las personas con las que hablamos tenía idea de cuál podía ser el motivo por el que alguien habría querido matar a Angella Benton.

Al día siguiente nos separamos para que cada detective pudiera visitar un escenario de producción y llevar a cabo las entrevistas. Edgar se ocupó de la serie de televisión que se rodaba en Valencia. Se trataba de una comedia dirigida a las familias acerca de una pareja con un hijo que conspira para que sus padres no tengan más descendencia. Rider se ocupó de la producción de la película que se rodaba cerca de su casa, en Santa Mónica. Era una historia acerca de un hombre al que creen autor de una felicitación de San Valentín anónima enviada a una bella compañera de trabajo y cómo el subsiguiente idilio se construye sobre una mentira que crece en su interior como un cáncer. Yo me ocupé de la segunda producción cinematográfica, que estaba rodándose en Hollywood. Se trataba de una cinta de acción acerca de una ladrona que roba un maletín con dos millones de dólares en su interior sin saber que el dinero pertenece a la mafia.



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