
– ¿Y su compañero? -preguntó Taylor-. Creía que ustedes trabajaban por parejas.
– Me gusta trabajar solo.
Lo dejé así por el momento. Me quedé en silencio mientras Taylor cogía el ritmo en la bicicleta. Le faltaba poco para cumplir cincuenta, aunque parecía mucho más joven. Tal vez la clave estaba en rodearse de máquinas para conservar la salud y la juventud. O a lo mejor ayudaban los liftings y las inyecciones de Botox.
– Puedo dedicarle cinco kilómetros -dijo mientras se sacaba la toalla que tenía en torno al cuello y la colocaba en el manillar-. Unos veinte minutos.
– Eso bastará.
Busqué la libreta que llevaba en el bolsillo interior de la americana. Era un cuaderno de espiral y el alambre de éste se enganchó en el forro cuando la saqué. Me sentí como un imbécil tratando de soltarla, y finalmente la arranqué. Oí que se rasgaba el forro, pero sonreí para evitar la vergüenza. Taylor me echó un cable mirando a una de las pantallas silenciosas.
Creo que son las pequeñas cosas lo que más echo de menos de mi vida anterior. Durante más de veinte años lleve una libretita pequeña en el bolsillo de la americana. Los cuadernos de espiral no estaban permitidos en el departamento, porque un abogado defensor listo podía argumentar que las páginas con notas exculpatorias habían sido arrancadas. Las libretas evitaban ese problema y además eran más benévolas con el forro de la americana.
– Me alegro de tener noticias suyas -dijo Taylor-. Siempre me preocupé por Angie. Hasta hoy. Era una buena chica, ¿sabe? Y todo este tiempo he pensado que se habían olvidado de ella, que ella no importaba.
