
Asentí. Había elegido cuidadosamente mis palabras al hablar con la secretaria por teléfono. Aunque no le había mentido, había sido culpable de guiarla y dejar que supusiera cosas. Era necesario. Si le hubiera dicho que era un ex policía que estaba trabajando por libre en un viejo caso, estoy convencido de que no me habría acercado al rey de la taquilla para la entrevista.
– Verá, antes de empezar, creo que ha habido un malentendido. No sé qué le ha dicho su secretaria, pero no soy policía. Ya no.
Taylor se dejó llevar sobre los pedales, pero recuperó el ritmo rápidamente. Tenía la cara colorada y sudaba profusamente. Se estiró hasta el tablero de control digital y cogió un par de gafas y una tarjeta con el logo de su compañía -un cuadrado con un motivo de rizos laberínticos- y varias anotaciones manuscritas debajo. Se puso las gafas, pero de todos modos entrecerró los ojos al leer la tarjeta.
– Eso no es lo que pone aquí -dijo-. Pone detective Harry Bosch del Departamento de Policía de Los Ángeles a las diez. Es letra de Audrey. Lleva dieciocho años conmigo, desde que yo hacía basura para vídeo en el valle de San Fernando. Es muy buena en su trabajo y normalmente muy precisa.
– Bueno, lo fui durante mucho tiempo. Pero me retiré hace un año. Puede que no lo haya dejado muy claro por teléfono. En su lugar no culparía a Audrey.
– No lo haré. -Me miró, bajando la cabeza para ver por encima de las gafas-. Entonces, ¿qué puedo hacer por usted, detective? (o supongo que debería llamarle señor Bosch). Me quedan cuatro kilómetros y hemos terminado.
Había un banco de pesas a la derecha de Taylor. Me acerqué y me senté. Saqué el boli del bolsillo de la camisa (esta vez sin inconvenientes) y me dispuse a escribir.
– No sé si se acuerda de mí, pero ya habíamos hablado antes, señor Taylor. Hace cuatro años, cuando se halló el cadáver de Angella Benton en el vestíbulo de su apartamento, me asignaron el caso a mí. Usted y yo hablamos en su despacho de Eidolon, en el Archway. Una de mis compañeras, Kiz Rider, estaba conmigo.
