– Lo recuerdo. La mujer negra; dijo que conocía a Angie. Del gimnasio, creo. Recuerdo que en aquel momento ustedes dos me infundieron mucha confianza. Pero después desaparecieron. No volví a oír de…

– Nos quitaron el caso. Éramos de la División de Hollywood y después del robo y el tiroteo de al cabo de unos días, pasaron el caso a la División de Robos y Homicidios.

Sonó un pequeño zumbido de la bicicleta estática y pensé que tal vez significaba que Taylor había cubierto su segundo kilómetro.

– Recuerdo a esos tipos -dijo Taylor con desdén-. Uno más estúpido que el otro. No me inspiraban nada. Recuerdo que uno estaba más interesado en asegurarse una posición como asistente técnico de mis películas que en el caso de Angie. ¿Qué les pasó?

– Uno está muerto y el otro retirado.

Dorsey y Cross. Los había conocido a los dos. A pesar de la descripción de Taylor, ambos habían sido investigadores capaces. No se llegaba a robos y homicidios sin esfuerzo. Lo que no le conté a Taylor era que Jack Dorsey y Lawton Cross llegaron a ser conocidos en el servicio de detectives como la pareja de compañeros con el colmo de la mala suerte. Cuando trabajaban en una investigación que se les asignó varios meses después del caso de Angella Benton, entraron en un bar de Hollywood para comer algo y echar un trago. Estaban sentados en un reservado con sus sandwiches de jamón y sus Bushmill cuando entró un ladrón armado. Al parecer, Dorsey, que estaba sentado de cara a la puerta, hizo un movimiento, pero fue demasiado lento. El atracador lo alcanzó antes de que llegara a quitarle el seguro a su pistola y murió antes de tocar el suelo. Un disparo rozó el cráneo de Cross y una segunda bala le alcanzó en el cuello y se alojó en su columna. Al camarero lo asesinaron a quemarropa.



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