– ¿Y qué sucedió entonces con el caso? -preguntó Taylor retóricamente, y sin un ápice de compasión en la voz por los policías caídos-. No ocurrió una puta mierda. Seguro que está acumulando polvo como ese traje barato que ha sacado usted del armario para venir a verme.

Me tragué el insulto porque no me quedaba más remedio. Me limité a asentir con la cabeza, como si estuviera de acuerdo con él. No sabía si su rabia era por el asesinato nunca vengado de Angella Benton o por lo que sucedió después: el robo, el posterior asesinato y la cancelación de su película.

– Esos tipos trabajaron a tiempo completo durante seis meses -dije-. Después llegaron otros casos. Siempre llegan casos, señor Taylor. No es como en sus películas. Ojalá fuera así.

– Sí, siempre hay otros casos -dijo Taylor-. Ésa siempre es la excusa fácil, ¿no? Echarle la culpa al exceso de trabajo. Mientras tanto, nadie le devuelve la vida a la chica, el dinero no aparece. ¡Lástima! Siguiente caso, hay que seguir adelante.

Esperé para asegurarme de que había terminado. No era así.

– Pero ahora han pasado cuatro años y se presenta usted. ¿Cuál es su enredo, Bosch? ¿Ha convencido a la familia para que le contrate? ¿Es eso?

– No, toda la familia de Angella Benton era de Ohio. No he contactado con ellos.

– ¿Y entonces?

– Está sin resolver, señor Taylor. Y a mí todavía me preocupa. No creo que se haya trabajado con ningún tipo de… dedicación.

– ¿Y eso es todo?

Asentí y Taylor repitió el gesto para sí mismo.

– Cincuenta mil -dijo.

– ¿Perdón?

– Le pagaré cincuenta mil si lo resuelve. No habrá película si no lo resuelve.

– Señor Taylor, se equivoca conmigo. No quiero su dinero, y esto no es ninguna película. Lo único que me interesa ahora mismo es su ayuda.

– Escúcheme. Sé reconocer una buena historia cuando la oigo. El detective atormentado por el asesino que salió impune. Es un tema universal y funciona. Cincuenta de entrada y podemos discutir el resto.



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